Efectos de la crisis

Lo que empezó en el verano de 2007 como un prolongado periodo de turbulencia financiera causada por las pérdidas del mercado hipotecario de alto riesgo en Estados Unidos se convirtió, a mediados de septiembre de 2008, en una crisis financiera generalizada y de escala mundial, precipitada por la quiebra del banco de inversión Lehman Brothers.
El descubrimiento de que un actor clave del sistema financiero internacional podía quebrar estremeció por igual la confianza de banqueros, inversionistas y hogares, y los efectos se extendieron con rapidez en la economía mundial.

La pérdida inicial de confianza en el sistema financiero provocó una escasez de liquidez en el mercado interbancario (estos sucesos y sus efectos sobre los flujos de capital hacia los países en desarrollo se analizan con más detalle en el capítulo 2).
Los bancos se volvieron extremadamente reticentes a prestarse entre sí y la liquidez se agotó con prontitud, lo cual provocó que el diferencial entre las tasas de interés que los bancos se cobran entre sí en créditos a un día (LIBOR, London Interbank Offer Rate) y lo que esperaban pagar a los bancos centrales (tasa de interés de fondos gubernamentales, OIS, por las siglas en inglés de overnight index swap) repuntara a niveles sin precedentes.

Esta situación agudizó la incertidumbre sobre el futuro y los temores de que la crisis pudiera causar una recesión profunda o incluso una depresión.
Por ejemplo, en septiembre de 2008 los principales medios impresos en inglés publicaron alrededor de 4,500 noticias sobre la crisis financiera y sus posibles efectos perniciosos.

La súbita falta de liquidez y la creciente incertidumbre cambiaron asimismo el valor del riesgo en toda la economía, lo que ocasionó un incremento sustancial en los diferenciales de tasas de interés de los activos de mayor riesgo, incluidos los bonos de empresas de países en desarrollo y de ingreso alto y, en menor medida, de la deuda soberana de los estados.

La mayor aversión al riesgo, el replanteamiento de las perspectivas de crecimiento y el hecho de que empresas e inversionistas de los países de ingreso alto necesitaban fortalecer sus balances financieros dieron lugar a una repatriación generalizada de capitales desde los países en desarrollo.
En consecuencia, los mercados bursátiles de todo el mundo perdieron entre 40 y 60 por ciento de su valor en dólares. Las monedas de casi todos los países se devaluaron frente al dólar estadounidense, lo que implicó una enorme pérdida en la riqueza mundial.

Sucesivas intervenciones de autoridades en los países de ingreso alto de Europa y América del Norte (incluidos los significativos esfuerzos de la Reserva Federal de Estados Unidos para mediar directamente entre los bancos) han ayudado a restablecer la liquidez de corto plazo.



Para mediados de mayo, los diferenciales de las tasas interbancarias en Estados Unidos habían bajado 350 puntos base, en comparación con los niveles de septiembre de 2008, y en la Zona euro la reducción fue de unos 200 puntos base.
Estos resultados, además del hecho de que no ha habido más quiebras de grandes instituciones financieras ni crisis monetarias graves, han generado un entorno casi de estabilidad e incluso cierta mejoría financiera desde marzo de 2009.

Los diferenciales de tasas de los bonos de países en desarrollo se han reducido (ver la tercera figura), y los mercados ahora distinguen mejor los riesgos para cada país.
Al mismo tiempo, los indicadores de los mercados bursátiles recuperan terreno en varios países.

Sin embargo, la situación aún es tensa y los mercados siguen nerviosos.
Las tasas interbancarias siguen por arriba de niveles históricos, y el FMI calcula que sólo un tercio de todas las pérdidas del sector financiero han quedado registradas en esta etapa (FMI, 2009b).

De manera similar, los diferenciales de tasas en los países en desarrollo siguen siendo altos y, si bien las tasas de referencia que sirven de base para calcularlos han disminuido en respuesta al relajamiento de las políticas monetarias en los países de ingreso alto luego de la crisis, los rendimientos y los costos de financiamiento para empresas de países en desarrollo han tenido un incremento sustancial (en algunos casos se han duplicado), lo que puede tener repercusiones importantes en la sostenibilidad de la deuda y la rentabilidad de inversiones futuras.

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